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martes, 3 de mayo de 2011

LOS SILENCIOS DE ROCINANTE

LOS SILENCIOS DE ROCINANTE
FAUSTO DÍAZ LLORENTE
          Hete aquí que el hidalgo de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor, tras acomodar mal que bien, mediante su industria y a base de cartones y engrudo (técnica mixta), armas y morrión; haciéndole a éste celada de encaje; y antes de bautizarse a sí mismo como Don Quijote de la Mancha –Amadís lo es de Gaula-, va a ver a su mencionado rocín, “tantum pellis et ossa fuit”, y lo bautiza Rocinante tras formar, borrar y quitar muchos nombres, deshaciendo y tornando innumerables a su memoria e imaginación, “nombre, a su parecer, alto, sonoro y significativo de lo que había sido cuando fue rocín, antes de lo que ahora era, que era antes y primero de todos los rocines del mundo”. Babieca le pregunta a Rocinante, cuando ya es rocín famoso, cómo está tan delgado, y el de don Quijote responde: “Porque nunca se come, y se trabaja”. Acusado de metafísico, rubrica: “Es que no como”. ¿Y a quién se ha de quejar, “si el amo y escudero o mayordomo / son tan rocines como Rocinante”?
            Pero es Don Quijote, antes que nada, un paradigma del libre albedrío y de  altruismo, y un caballero andante –que rima con Rocinante, pues es también el caballo más célebre de La Mancha un rocín errabundo, desfacedor de entuertos como su propio amo y su escudero, y que, como ellos, tamaños palos recibe-, y es un perdedor, y no resulta extraño en consecuencia que tanto ilumine a Fausto Díaz Llorente, apasionado e inquieto más allá del compromiso o de la contingencia, de la austeridad hosca tras la que se disimula; parcamente expresivo, más plástico que lenguaraz.
            Ahora, ese Rocinante se desdibuja detrás del entramado, se disimula y descubre la tramoya haciéndose, paradojas del arte, más presente que nunca. Ya no es aquel rocín que, en palabras de Ángel Azpeitia, semejaba antes “artilugio de feria que jamelgo literario”. Se muestra invisible y callado para que, tras el batacazo de las andanzas, estalle ante nuestros ojos la sangre y el vómito del dolor y del gozo, el trazo firme y seguro, sin retoques, de las correrías desnudas de ambages o de límites. Compone colores como gritos silentes de color que responden a una intuición meditada en el apogeo –que no el final- de un itinerario que ha transitado antes muchos senderos de aprendizaje, y que elige –por el momento- símbolos primigenios, la cruz, el aspa o el tachón, el fogonazo de la pintura cruda y brillante, la geometría dislocada, la flecha que cruzaba la loba de Jackson Pollock o los desbordamientos seminales de Philip Guston o de Franz Kline.
            Rocinante se ha callado para lanzarnos una llamada de alerta: el arte no ha acabado, la libertad nos espera a la vuelta de la esquina, la independencia no conoce cadenas, composturas, contubernios ni tarifas. Como el hidalgo cervantino, el artista sigue buscando el aura de su rocín sin que nadie disponga dádivas a su puerta ni acote el viaje una y otra vez reemprendido.
2007. José Giménez Corbatón

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