EL ARTE DE MIRAR LA MIRADA
Sandro Botticelli, Lorenzo Costa, Benozzo Gozzoli... Bolonia, Pisa, Florencia... el Bosque, el Reino de la poesía y el amor... El Cortejo de los Magos: en este fresco de Gozzoli, pintado en la Capilla del Palacio Médicis-Riccardi de Florencia en 1459, aparece un joven de espaldas, tocado con un gorro rojo, que mira al emperador Juan Paleólogo en su caballo blanco. El cuadro representa un apogeo del Quattrocento: lo que está cambiando, en efecto, es la mirada, la forma de mirar, y lo que se mira. Se ha dicho del cuadro de Gozzoli que transforma, que paganiza, un tema evangélico, religioso, el de los Reyes Magos, que se sirve de un ardid para representar a los grandes Médicis y su corte en un alarde de lujo y esplendor. Los rostros son bellos, aquietados, de una hermosura marmórea, distante, orgullosa, nada pía. No hay en él más emoción que la que dicta la gallardía, la casta, la riqueza. Lorenzo de Médicis, joven, aniñado, ladea ligeramente la cabeza para mirar al pintor y a quien entonces, y todavía en nuestros días, se deleita en contemplar el cuadro. Es una mirada serena, apartada.
Ese muchacho del gorro rojo mira una representación. Fausto Díaz hace suya esa mirada, la mira a su vez, se apropia de ella, la perfila, le adjudica un rostro. Un rostro al que mira mirar. El muchacho del gorro rojo mira por él, y ahora el artista de nuestros días mira a través suyo. El pintor de hoy mira la pintura de ayer a través de una mirada de entonces que contemporiza. La mirada del otro, hecha propia, permite al artista de hoy re-mirar de otro modo lo que mostraron Gozzoli, Costa, Botticelli, los pintores que dibujaron de un modo diferente, de cara al futuro, los temas revisitados para hacer un nuevo canon: el paisaje, las ruinas, los edificios, la ciudad, los senderos que zigzaguean, la religiosidad de Occidente envuelta en paños renovados, en otro ornato que revolucionaría el mundo del arte para siempre.
Fausto Díaz, radicalmente contemporáneo, se muestra aquí más figurativo que nunca, pero sigue priorizando el cromatismo y el trazo sobre el sfumato y la línea. Acentuando la singularidad personal que ya le conocíamos, nos ofrece en estos cuadros, por mirada interpuesta, un juego metapictórico que nos retrotrae, como espectadores que evocamos (llegado ya nuestro turno de mirar), a un período en el que el ojo comenzó por fin a ser libre, rompiendo las amarras que lo sujetaban a la oscuridad de los siglos precedentes, a la negrura de una weltanschauung, una cosmovisión que el Renacimiento se atrevió a modernizar y que todavía nos es preciso seguir modelando.José Giménez Corbatón
Zaragoza, Junio-2011
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